Nebhundular - Aurora Castillo


NEBHUNDULAR — Aurora Castillo

Texto: Malena Low y Ramón Arteaga – Sonido: Andres Serantes

Fotografías: Lihuel Gonzalez y Santiago Ortí

Montaje: Guido Orlando Contrafatti

Desde el Jueves 10 de Junio

Junio/Julio 2021

Nebhundular

“El mundo al que llegues, describilo”, dice el libro de una autora viajera. En Nebhundular, el horizonte es una mancha colorida que ya no separa las partes del paisaje. Al principio, todo flota equidistante en este universo de nuevas fuerzas, relaciones y lenguajes. Un mundo ingrávido, que trata de despojarse de sus viejas y pesadas ataduras, no es inocente: bajo este sol quieto de temporalidad petrificada, lo bello y lo torvo no se distinguen más; la violencia ha cambiado de signo. Los seres que lo habitan afectan a los demás tanto como se dejan afectar a sí mismos, se curvan y transparentan con sus poderes expansivos y oblicuos. A través de un magnetismo flotante, los caracteres del color y la luz se comunican misterios telepáticamente, colisionan entre sí con rayos claros y confusos. Acá, las relaciones son blandas pero también son brutales. ¿Qué produce lo que colisiona?, ¿de qué está hecho un influjo?, ¿qué formas puede tener lo que se alía, enlaza, teje, aglutina, amalgama, enrosca? En este paisaje cada elemento puede deformar y ser deformado sin la rigidez cruel de un mundo en el que unas cosas prevalecen sobre otras.

I. Las fuerzas oblicuas

En un limbo que se desentiende de funciones o usos, los materiales crean una vida sin estar dominados ni divididos según sus nombres. El movimiento empieza con la multiplicación de relaciones entre sus habitantes, mezcla de especies, artefactos y organismos: un círculo de color se encuentra con otro, sus interiores espiralados se interceptan y entre ellos empieza a crecer una trama enredadera. Las líneas se convierten en figuras, un cuerpo pasa a ser un curso de transformaciones. Un dibujo es, evidentemente, un encuentro.

Un ensayo sobre las posibilidades de los cuerpos requiere cierta distancia experimental. Por eso Nebhundular es un mundo, un paisaje, un lugar, una ficción especulativa.

El origen de Nebhundular es incierto. Todos los relatos coinciden en señalar que hubo un decaimiento de ciertas fuerzas en favor de otras, un relevo de las formas que organizan los cuerpos. Pero nadie sabe bien qué causó este cambio o qué había antes, todo se inscribe inevitablemente en el terreno de la mitología. Los mitos se vuelven poderosos cuando pueden señalarse sus imágenes: una varilla de hierro conserva la joroba de su fatiga para sostener el peso del hormigón y, despojada de ese trabajo, se une ahora a una tela transparente. Lo blando y lo liviano no son una suavidad idílica o engañosa, son una marca de disposición a lo amorfo y lo maleable que se contrapone a una rigidez atávica. Pero ahora en Nebhundular cada fragmento de mundo posee un reino de posibilidades que juega a encajarse y desencajarse con el de otros fragmentos: una línea sigue cierto curso, un dibujo metálico adquiere un cuerpo esponjoso, los colores dejan de delimitarse en un espacio dado. Los procesos de tintura comparten un principio de movimiento con el resto de cosas: la idea de que un material sigue un curso queda disuelta en el hecho de que ese mismo curso define a cada momento el material. Por eso la atmósfera de Nebhundular es embriagante y puede llegar a desorientar, porque no hay un punto fijo, un color definido o una forma acotada que pueda servir de apoyo para trazar principios de composición. Para entender cómo es que algo ha llegado a formarse hace falta imaginar qué es lo que aún puede formarse; el principio de composición es agotar cualquier composición posible.

La historia de Nebhundular es conocida por su búsqueda de blandura, por hacer que los estados materiales sean cada vez más permeables. Y decir permeabilidad material es lo mismo que decir dibujo con espíritu de paseo.

Este planeta, mapa o cosmos está poblado por los Nebhundiles, sus habitantes. Cada organismo es un equilibrio mínimo entre las posibilidades de los materiales que lo conforman, algo parecido a una fermentación compulsiva o una asociación holobióntica de materiales inorgánicos. Los Nebhundiles pueden andar como organismos o como agrupamientos, pero sus junturas no se basan en principios de armonía, durabilidad o compatibilidad, sino en aceleraciones que producen todo el tiempo nuevas recomposiciones. Son estados momentáneos que adquieren las formas. Las fuerzas que a cada momento definen un organismo son oblicuas; no puede predecirse, calcularse o establecerse una direccionalidad.

II. Espiritualidad materialista

Las Caminantas van tejiendo canastas en las que llevan historias para contar, pero lo que se cuenta también es la propia canasta que se enreda en sus pies. Avanzando en espiral, llevan un recipiente tejido que ellas mismas hacen con el movimiento de su cuerpo.  Su andar es expansivo, van incorporando su entorno a medida que lo crean. Por eso caminar, tejer y contar es un único movimiento que existe en la medida en que se descentra y se multiplica. Este acto generativo que Las Caminantas ilustran es una puesta en escena del Principio Undutelar, el principio de mundificación de Nebhundular. Los círculos, los bucles, las ondas, las vueltas y las espirales son figuras que van urdiendo un espacio en el que las cosas ya no caen en línea recta. Este principio orienta el movimiento de las fuerzas oblicuas hacia la multiplicación de la trama simbiótica que enreda los organismos.

La imagen de la red permite esquivar el empeño por acotar y segmentar los procesos: las formas de afectar se parecen más a contagios epidemiológicos que a procesos causa-efecto de laboratorio. La singularidad de cada organismo, la constante mutación de cada cosa y lo impredecible de sus movimientos anulan cualquier intento de generalizar comportamientos. Para unirse, las líneas en Nebhundular se toman su tiempo y generan su recorrido, trazan curvas en el aire que parecen cursivas destruidas, lenguajes sin significado. Todo en este mundo se parece a una alegoría trunca, una ficción que parece especular con un estado de cosas simbólico. Pero aunque haga ese ademán, su utopía se revela en la  medida en que la metáfora destila un sentido literal que es a la vez más familiar y más monstruoso.

La vida en permanente revuelta no da tiempo a que las historias se cuenten con distancia alegórica o ilustrativa, las historias se superponen y se enredan con el material del que están hechas. Si unx sigue estas historias inventando linajes, pasados y futuros a partir de los enredos materiales, se encuentra con una espiritualidad que se va tramando en el devenir de los Nebhundiles. Para entender la riqueza de los procesos de mundificación en Nebhundular habría que desechar definitivamente la imagen de un algoritmo que manipula variables para agotar un dominio de posibilidades. Una imagen más adecuada es la de líquenes alámbricos y musgos acolchonados que crecen sobre piedras, trepando de a poco a un muro sobre el que harán florecer a una bromelia que apoyará sus tallos en un tronco para desplegar sus acrobacias fotosintéticas. Decir que detrás de estos procesos sólo hay una inercia ancestral de supervivencia sería tomar por causa lo que es un efecto de la pulsión experimental que los lleva a cambiar. Lejos de responder a instintos mecanizantes, el juego simbiótico entre los Nebhundiles responde a una densidad espiritual inscrita en su materialidad que sólo puede adivinarse si se presta atención a sus sucesivas recomposiciones.

Algunas formas como Las 3 Amigas tienen una densidad espiritual, como si fueran figuras de un lenguaje arquetípico. Pero aunque cada color y garabato puede transformarse en un organismo que reúne asociaciones, es la relación entre cada una de las amigas la que se evidencia en su sentido real y atmosférico. En su conversación de rayos, hacen parte al aire de su contenido, lo transparentan y colorean con lo que se dicen.

III. Una bolsa se deforma con lo que lleva adentro

Las figuras se hacen visibles como en un sueño o un avistaje en plena nefelomancia, en medio de una niebla con bordes elásticos. Este mundo está imaginado como una bolsa en la que los extremos de la imaginación adquieren la forma de lo que va pasando en su interior. La relación de esta ficción con nuestro mundo, el de los microbios, los humanos, las plantas y la industria no es de borrón y cuenta nueva. Por el contrario, las historias que cuenta cada especie, habitante o material Nebhundil traen una prehistoria que remite a la nuestra.

Nebhundular empezó a crearse a partir de residuos, “contraformas” que nuestro planeta va descartando a medida que se realiza a sí mismo. Un metal fue sombra-dibujo en el ámbito de la construcción de edificios, un pelaje hiperquinético fue cable de internet debajo de las baldosas de una ciudad. Prolongando ese gesto de extrañamiento, Nebhundular aleja aún más esas contraformas de sus funciones para traerlas de vuelta transfiguradas en un paisaje viviente que pone en evidencia lo limitada que es la gramática de lo que nos rodea. En cambio, este paisaje se presenta como una suerte de zona liberada que por momentos juega a asimilarte en su entorno. Estar en presencia de lxs Nebhundiles es ponerse bajo su influencia y dejarse llevar por la perplejidad de todo lo que no es vida humana ni se le parece.  Lejos de redundar en la evasión, en Nebhundular desvincularse de la economía de los fines es políticamente notorio y experimental.

Esta poética abstracta es una poética de biología artificial que imita su comportamiento de modelos cambiantes y cooperativos, no evolutivos ni competitivos. Como una invención reparativa más que como un descubrimiento, es algo parecido a lo que Lynn Margulis hizo en su momento precisamente con la biología evolutiva: quitar del medio un sentido común extendido para abrir paso a lo que había estado ahí, adelante, desde el principio. 

Malena Low y Ramon Arteaga

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